12.7.12

El ala oeste de la redacción

"¡Tengo un cabreo de cojones y no pienso aguantarlo más!".  Disculpen la traducción libre, pero esta es la esencia del famoso discurso del personaje de Peter Finch en Network.


Es en este monólogo de 1976 donde empieza The Newsroom, la esperada aventura conjunta de la HBO y Aaron Sorkin. La secuencia de arranque de la serie es clara heredera de la escena de la película de Sidney Lumet: Will McAvoy (Jeff Daniels), es un presentador de noticias al más puro estilo Matías Prats. Es un rostro amable y familiar y del que el público se fía porque tiene una reputación ganada a base de no equivocarse nunca porque nunca se ha mojado. Hasta que un día estalla y Aaron Sorkin pone en su voz lo que piensa de la situación política y periodística de Estados Unidos.

Aaron Sorkin tiene algo de despotista ilustrado. Desde El presidente y Miss Wade hasta The Newsroom, viene iterando con la imagen del o los líderes que él busca para su país. Políticos, periodistas, empresarios e incluso, Pablo Motos nos libre, guionistas de comedia con una inteligencia sobrehumana que apadrinan al pueblo americano y le guían en el camino hacia la auténtica democracia. El final del despotismo sorkiniano sería el mismo que el del ilustrado del siglo de las Luces: el derrocamiento de las clases dirigentes en aras de una profundización de los valores democráticos.

Juego de Tronos es naturalismo del duro comparado con la fantasía que destila una serie de Aaron Sorkin. Son mundos en los que vemos reflejados cómo deberían de ser las cosas, o al menos cómo nos gustaría que fueran. Hablo en plural porque se ha paseado por varias cadenas y sus criaturas no pueden coexistir, pero el universo creativo por el que se mueven es tan coherente que sería totalmente natural ver a McAvoy entrevistando a cualquier personaje de El ala oeste. Hay una sensación de vuelta a casa cuando se ve el piloto de The Newsroom.

Emily Mortimer y Jeff Daniels, porque un buen guionista no crea personajes guapos, sino atractivos.

Los personajes listillos y los walk and talk, esos diálogos vertiginosos mientras los personajes recorren distancias kilométricas en un mismo edificio, no son la única herencia de la primera legislatura del presidente Bartlet. The Newsroom también es una comedia efectiva, como pasa siempre con las series de Sorkin. Excepto los sketches de Studio 60

Las excentricidades y torpezas sociales de sus genios hacen reír y aflojan la propaganda y la soflama que nos cuela en cada capítulo. Porque si Billy Wilder decía que si quería transmitir un mensaje, escribía un telegrama, Sorkin respondería que en un telegrama no le entra ni la introducción de lo que nos quiere decir.

Y puede hacerlo porque sabe cómo. Porque los diálogos vuelan y no se atascan por densos que sean  el tema o la argumentación. Porque las historias están tan bien estructuradas que se ha podido pasar años creando suspense en torno a cosas como la aprobación de una ley sobre los parques nacionales americanos. Porque los personajes, aunque sean tan intercambiables como los protagonistas de varias películas de Howard Hawks o George Cukor, son tridimensionales y están cargados de defectos entrañables que los humanizan. Queremos saber más de ellos hasta el punto de que los guionistas no necesitan colarnos ciliffhangers para que estemos deseando ver el siguiente capítulo. Y cuando los cuelan, como en el tercero, lo hacen con tanta clase que para cuando te das cuenta es demasiado tarde para soltar un bufido.

The Newsroom todavía le queda mucho recorrido para ocupar el lugar de El ala oeste en nuestros corazoncitos de fans. Pero en estos tiempos de medios de comunicación que cierran o de informativos que cambian reporteros por vídeos de YouTube y comentarios de Twitter, necesitamos que alguien nos diga que las cosas pueden hacerse de otra forma, que otro mundo es posible. Aunque sea en la ficción.

20.3.12

La mala dona de Marc Pastor

Esta portada solo la van a entender los lectores de Marc Pastor, Doctor Moriarty, que hayan crecido con los dibujos animados doblados al "español neutro" latinoamericano. Y eso está bien...


... porque así habrá menos gente que me quiera pegar.

5.3.12

¿Quién quiere casarse con Peter Bishop?

El éxito en Twitter de de ¿Quién quiere casarse con mi hijo? ha tenido como consecuencia la recuperación del gran descubrimiento léxico del Hematocrítico en la década pasada. Una palabra que me ha obsesionado desde hace semanas, que aparece en mis sueños como si la conociera de algo, aunque juraría que jamás la había escuchado antes.

Hasta que por fin he caído:


"Tróspido" es una palabra de la realidad paralela en la que se traducen bien los títulos.

25.1.12

En Alcatraz por error

Después de ver tres capítulos de Alcatraz, la nueva serie de JJ Abrams, noté que había algo que parecía fuera de lugar. Y no me refiero a los pechos de Sarah Jones.

Hablo más bien del papel de Emerson Hauser, que parece escrito a la medida de Terry O'Quinn, el Locke de Perdidos. He rebuscado entre las fotos del día del casting para comprobar mis sospechas.


"¿Qué si estoy seguro de que este es mi currículum? Tú dáselo a JJ, pero dile que he cambiado el teléfono. Apunta".

Y así, suplantando identidades, Sam Neill acabó en Alcatraz.

5.12.11

Los ángeles no tienen sexo, pero sí alas

Si la expresón “dejar volar la imaginación” tuvo sentido alguna vez, tuvo que ser en referencia a Solo los ángeles tienen alas. Y los clásicos del cine se comentan con esta rotundidad o no se comentan en absoluto.



Así comienza mi última columna en The luxury. Y como me he gustado mucho más que el sombrero en el que podrías servir nachos con guacamole de Cary Grant en la película, os lo enlazo aquí.

14.11.11

Anomalario de luxe

El mundo del lujo ya no es lo que era. Todo empezó cuando un programa protagonizado por Belén Esteban decidió ponerse la coletilla "de luxe". De ahí a que yo merodeara por los antaño luminosos vericuetos del glamour había un paso. No tengo muy claro si hacia atrás o hacia adelante.

El caso es que a partir de ya podrán ustedes leerme cada semana en The luxury journal. Les hablaré de series y de cine con mi habitual falta de vergüenza.

He aquí dos bellos ejemplos:


Una serie que traza el retrato de un periodo épico en la configuración del país, estrenando la libertad, cuando todo estaba por definir y la gente se duchaba poco. Dicho así podría estar hablando de Cuéntame, pero los más avispados lectores habrán notado por el título del post que la cosa va de   vaqueros de los que no tienen pata de elefante...




Con el horario de invierno, la noche cae como una venganza. Hace frío, llueve, y la idea de salir a la calle parece tan hostil como una reunión de las cinco familias de la mafia de Nueva York. Hace falta un plan alternativo y el estante de los DVD me hace una oferta que no puedo rechazar: El Padrino Parte II...


Y con esto les dejo, que veo que me están saliendo a recibir las vecinas de la nueva web:

Imagino esta escena con "Agradecida y emocionadaaaaa..." como música de fondo. Así sé que estoy enfermo.

3.11.11

Voy a defender a Telecinco

No es porque sea accionista de Telecinco, que lo soy, y me estén minando la cartera de anunciantes, que lo están haciendo. Si fuera así de ruin ya estaría presidiendo algún país del núcleo duro de la Unión Europea. Es solo que no me parece que la siguiente sea una buena noticia:


A muchas personas del timeline de mi twitter parece ser que les ha parecido sumamente inmoral el contenido ofrecido por el programa que Jordi González conduce con mano de hierro y sin avisador de radares. Seguramente a mí también me lo parecería si le hiciera el más mínimo caso a este tipo de espacios. Pero, ¿saben qué? Cuando algo no me gusta en televisión no lo veo y recomiendo a mis amigos que no lo hagan. Y si el conjunto de los espectadores rechaza un contenido, no se preocupen que durará menos que la carrera musical de Javier Cárdenas.

El nunca lo har... Ya, bueno, ejem. Sigamos con el post.

La reacción de unos cuantos pesos pesados de Internet, sin embargo, ha sido exigir a las marcas que se anuncian en La noria que dejen de hacerlo. Y yo me he acordado inmediatamente de lo feo que nos pareció que los anunciantes se retiraran de Skins o de The Playboy club o las presiones para boicotear a un medio crítico con la visita de Benedicto Equis Uve Palito el pasado verano. Vale, de este último no me he acordado inmediatamente, pero para algo pagamos Google, ¿no? Tirando de buscador podríamos llegar a casos más lejanos en el tiempo y seguramente más graves.

En aquellas ocasiones, nos pareció mal que una panda de beatos, seguramente no mayoritaria, pudiera presionar a las marcas para, a su vez, afectar a la libertad creativa y artística de los responsables de las series y la libertad de expresión de la redacción de Montilla Digital. Ahora no  porque, como dirán los integrantes de la actual masa enfurecida, no es lo mismo. Y es posible que hasta tengan razón. Pero ¿qué pasará cuando el Banco de Santander decida que quizá a sus accionistas les ofenda algunas de las cosas que se dicen en Salvados? ¿O cuando H&S crea que sus clientes pueden sentirse incómodos por la España casposa que hay de fondo en Cuéntame? ¿O L'Oreal decida que sus compradores tienen derecho a ver a gente guapa y obligue a los informativos a contratar solo a...? Oh, vaya. No podemos llegar a tiempo a todo, ¿verdad?

El caso es que debéis pensar que si aplaudimos y promovemos los boicots de las marcas a ciertos contenidos televisivos, no estamos promoviendo una democracia audiovisual, sino que nos estamos despojando como espectadores de nuestras armas y se las estamos cediendo a otros. En este caso, por ejemplo, a la persona que aprobó esta campaña: