26.9.13

Dexter, fue bonito mientras duró

Si aún no has visto el final de Dexter, tal vez no quieras visitar este blog ahora mismo. Pero hay un twitter y un tumblr muy majos con los que puedes echar un rato.

Conoces a una chica. Os gustáis. ¿Qué digo "os gustáis"? ¡Te vuelve loco! Es un flechazo de manual, no puedes dejar de pensar en ella y cada vez que la ves es un subidón y un chutazo de emociones y química. Pasa el tiempo y las cosas se calman aunque estar con ella sigue siendo uno de los faros que guían el resto de tu existencia. Hasta que llega un momento que simplemente es cómodo. Hay cariño, hay inercia, hay comodidad.

La situación deja de ser agradable y quieres que todo se acabe ya, pero no te atreves a ser tú quien dé el paso. Sabes que ella acabará dándolo y soportas como puedes, fingiendo entusiasmo, esos últimos meses en los que el ambiente se va enrareciendo por momentos. Finalmente ella te dice que tenéis que hablar y pone fin a todo, quizá no un fin definitivo, pero sí un punto y muy aparte. Es una conversación muy amable, muy civilizada. Dista mucho de los desplantes y discusiones de los últimos tiempos.

La sensación es que "podría haber sido peor", te quedas con un grato recuerdo de ella y pasas a lo siguiente. Pero nunca, NUNCA, te vas con la sensación de que ha merecido aguantar esos últimos meses solo por vivir esa última conversación.

Hay fans de series que creen que sí. Esperan que el desconcierto que les produce las últimas temporadas de Perdidos se funda en un último episodio que recupere todo el amor inicial de las primeras tandas. Que creen que conocer a la madre compensará el exceso de Barney y vaivenes argumentales de varios años de Cómo conocí a vuestra madre. O que nos devolverán al Dexter que todos amábamos.

Dice Javier Pastor que el último capítulo de Dexter ha sido una tragedia y así lo ha sido para muchos. La diferencia es que él se refiere a la clásica forma teatral que heredamos de los griegos, con su pathos, su anagnórisis y su catarsis. Y también sus deus ex machina (hoy tengo descuento en palabros), sus acontecimientos guiados por la mano de los dioses que para muchos rompen la promesa materialista que ha hecho el resto de la serie. El propio Dexter afirma esta incredulidad en un momento del capítulo afirmando con rotundidad de economista sincero: "nunca he visto un milagro".

¿Brotes verdes? ¿Me tomas el pelo?

Hay mucha ironía autorreferencial, voluntaria o no, en la última temporada de la serie. Las afirmaciones de la doctora Vogel sobre la perfección del protagonista mientras le considera un sociópata y que se tambalean cuando descubre los sentimientos que ha ido desarrollando funcionan como metáfora del propio desarrollo de la serie: Dexter fue grande mientras el personaje de Michael C. Hall miraba a los secundarios desde la distancia, mientras el diálogo interior funcionaba casi en clave de comedia negra. No es casualidad que eso acabara cuando Clyde Phillips abandonó el puesto de showrunner dejando a su sustituto enmarronadísimo con la muerte de Rita. Recomiendo mucho leer el final que él habría propuesto para el último capítulo.

A partir de la brillantísima cuarta temporada todo comienza a desinflarse poco a poco. Las temporadas van requiriendo cada vez villanos más bizarros para mantener el impacto visual, aunque sea a costa de confundir al personaje y llevarle hacia una pérdida de su naturaleza. Supongo que hay que ser americano para no sentir cierto sonrojo con el flirteo religioso de la sexta temporada.

Todo desemboca en una última entrega en la que Dexter ha desbordado su arco de personaje. Se ha pasado de largo su final natural y ha evolucionado tanto que en el último capítulo los guionistas se ven obligados a desmontar varias capas como personaje para evitar un final feliz que empieza a parecer inevitable. La suerte que tienen es que está tan bien construido que las obsesiones primarias se mantienen así como su permanente complejo de culpa que precipita el final.

O mejor dicho: el "final". Porque el último capítulo solo cierra dos cosas: la relación con Debra, una relación zombi que debería haber quedado muerta y enterrada en el punto que estaba al principio de la temporada. Y la trama de Oliver Saxon, el psicópata de la temporada que quizá sea el menos carismático de toda la serie. El resto queda en el aire: Harrison, Hannah, Elway (que debería haber sido el trasunto de Lundy, así como Saxon el del Ice Truck Killer)...

Todos los cabos, sueltos o atados, llegan a su extremo mediante soluciones barateras de guión que antes no hubiéramos tolerado: Deb muere porque necesitamos que muera para llevar a Dexter hacia la tormenta, Saxon acude al hospital, Harrison es tan querido que no importa dejarle con una asesina en serie, Hannah tiene el poder de materializar jeringuillas con tranquilizante y que nadie la vea usarlas, Elway llega a un autobús por arte de magia, pero suponemos que renuncia a seguir su búsqueda, Dexter se vuelve invisible cuando transporta cadáveres hacia su barco, puede nadar varios kilómetros en medio de un huracán y, al estilo de Superman y sus gafas, convence a la policía de que no hay motivo para detenerle después de matar a un hombre. Con todo, Batista compone la mejor escena del episodio.

En definitiva, el último capítulo de Dexter es funcional: sirve para que Michael C. Hall pueda dedicarse a otras cosas mientras la cadena no decida recuperar a su personaje. Y no dudemos que lo hará. Una pena que pierdan la oportunidad de hacer una apuesta y ser memorables, de dejarnos con la boca abierta como en los planteamientos iniciales. Una pena que el final se quede tan lejos del brillante comienzo, no solo de la serie, sino de cada capítulo.